Un día como hoy.

Había una vez un niño. Un niño que se convirtió luego en figura principal para la vida de muchos. Un niño del que oímos pocas historias pero que, si lo analizas detenidamente, pudimos haber sido tú o yo en contextos, tiempos y suertes distintas. Había una vez un niño de nombre Leonard Thompson. Leonard había sido diagnosticado con diabetes tipo 1. Cuando Leonard fue diagnosticado no existían los tratamientos a los que ahora tú y yo tenemos acceso. Sí, con acceso hablo de insulinas, jeringas y otros. No, Leonard vivía en una época donde eso no se contemplaba. Se dice que Leonard era amarrado para evitar que comiera pues sus médicos habían observado que manteniéndolo en ayuno su glucosa permanecía más estable que alimentándolo. Cuando Leonard llegó al hospital General de Toronto, a sus 14 años, pesaba 29 kilos. 

Leonard, tenía una vida, si me preguntas a mi, miserable. Entraba y salía de estado de coma. El padre de Leonard, como estarían tus padres o los míos, estaba al borde de la locura. El amor por un hijo y lo complejo que es el diagnóstico de la diabetes tipo 1 nos vuelve locos a todos. "No entiendo, ¿por qué? ¿qué hice? ¿cómo lo detengo? ¡paren este carro que me quiero bajar!".

El padre de Leonard, que se rumora llevaba el mismo nombre que él, permitió entonces que intentaran inyectarle con eso que ahora conocían como insulina y que jamás se había probado en otro humano. Estoy segura de que de sentirse bien, Leonard no habría objetado, estoy también segura de que si esto pasara hoy en día yo, al igual que el padre de Leonard, no hubiera dudado ni un segundo.  Ese día fue el 11 de enero. Hoy, hace muchos muchos años. 

La historia del descubrimiento de esta fórmula ya la habíamos platicado, y es parte de otro grandioso cuento http://www.dulcesitosparami.com/2010/12/un-capitulo-en-la-historia-de-la.html que incluye doctores, perros y cerdos. 

Estas personas, este descubrimiento, el amor de su papá, la valentía de un niño que en otro panorama hubiera fallecido, salvaron la vida de Leonard. 

Leonard vivió 13 años más gracias a esto, murió aún así muy joven (a los 27 años). Leonard fue muy afortunado, como somos afortunados tú y yo de tener una nueva oportunidad de hacer mejores cosas y de ser mejores seres humanos. Feliz 11 de enero a nosotros. 



Y colorin, colorado, este cuento se ha acabado. 
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