28 jul. 2017

"¡Pero si a mi no me gusta correr!" dije en Enero.

No es secreto, siempre fui físicamente activa. Si me preguntan ahora no, nunca fui físicamente activa. Cuando fui diagnosticada con diabetes tipo 1 en mi empaque e instrucciones de uso se leía algo como: y..hacer ejercicio todos los días. No se decía ni qué, ni cómo, ni cuándo pero eso se decía en letras más grandes que todo lo demás. Mi hermano siempre fue atleta. Jugó absolutamente todo lo que se le apareció en el camino pero yo era más bien un modelo de ratón de biblioteca al que poco le importaba el fútbol. Siempre fui además tamaño microbio así que esas cosas del básquetbol tampoco me gustaban y mucho menos esto de ponerse una falda rosa y mallas para bailar dando saltos. 

No, no. A mi me gustaba leer. Por supuesto que mis padres siempre han leído todos los instructivos del planeta incluso los de los teléfonos celulares. Yo pocas veces los leo, aprieto botones, aprendo echando a perder pero ellos no, ellos son personajes de instructivo así que eso de leer tenía que pasar a segundo plano. 

Afortunadamente muy cerca de casa había una escuela de baile. No, no aprendí jamás a bailar, tengo ritmo pero también tengo dos pies izquierdos. Empecé a bailar jazz a muy temprana edad y cerca de los 12 años ya presentaba mis piruetas en los teatros. A mi eso de bailar me parecía horrendo pero se dice que lo hacía bastante bien. En la adolescencia decidí que ya no podía seguir dando piruetas y lo abandoné cerca de los 16 años. 

Mi maestro de jazz sabía que yo vivía con diabetes pero jamás tuvo que intervenir pues a falta de medidores continuos de glucosa tenía yo una mamá medidora de glucosa siempre sentada observando. No, ella no era como el resto de las mamás que llevaban a las niñas a la clase y se retiraban a tomar cafe con las comadres. Ella se quedaba ahí. Dice que leyendo pero en realidad se quedaba observando. 

Mi papá fue mi primer y más grandioso fan. El se llevaba un libro distinto cada vez pero aplaudía cuando al fin me salía la pirueta y se reía con los saltos poco ágiles. No, nunca fui niña modelo y mucho menos fan de los colores claros. Lo mío era jugar a los piratas y leer libros. 

En enero de este año mi hijo hizo una pregunta en voz alta. 
  • "¿Cuál es tu proposito de año nuevo más difícil?"
  • "Híjole" - contesté "no lo sé, no creo en eso de los propósitos."
  • "¿Te elijo uno?"
  • "Bueno. Elije uno."
  • "¡Este año harás más ejercicio!"
  • Rápidamente arremetí "No, no puedo. No puedo hacer más ejercicio. Además no me gusta."
  • "¿Apoco eso es lo más difícil que has hecho en la vida?"


¡Santo cielo los niños! Y así fue como esa misma semana decidí que era momento de cambiar. Por mi y porque habían lastimado mi ego. 

Los primeros 2 kilómetros fueron caminando y todavía recuerdo el dolor en las rodillas. Fui algún tiempo a clases de Yoga y por su puesto a Pilates (que además no me parecía tan horrendo) pero esto era distinto. No, no, lo mío no era caminar. Pero las palabras de mi hijo retumbaban en mi cabeza.

¿Difícil? ¡Por supuesto que esto no puede ser lo más difícil!

Así empecé en un entrenamiento diario durante varios meses. Acompañada de grandes maestras y mujeres que, por razones distintas también habían creído que no podrían hacer lo que hoy hacen. Este equipo de mamás de fútbol siempre sentadas en una grada platicando (y por supuesto comiendo) había presionado un botón de OFF y, de pronto nos encontramos todas, decididas a cambiar. 

El domingo pasado corrí, (sí, corrí) 7km. No, no es lo más difícil que he hecho. No, no es lo más difícil que haré. Voy a correr y correr y correr hasta sentirme pirata, hasta que sea lo más difícil de ese día, porque definitivamente lo difícil me define, me reta y me hace más Mariana.






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