Un día ya no quise ser "diabética".

Ustedes que me han leído mucho tiempo saben que antes de dedicarme a temas de salud cursé algo relacionado con los idiomas. Encontré siempre fascinantes las clases de semántica, pragmática y lingüística. Encontré siempre fascinantes las letras y sobre todo las historias. La forma en la que usar una palabra en lugar de otra podía cambiar totalmente la forma en la que el lector de mi texto percibía la frase.  Siempre fui persona de letras. En la preparatoria participé en una publicación "underground". Y entíendase por underground un cuadernillo creado por alumnos que se reunían tras la jornada académica a escribir sus más tremendos demonios en una hoja y casi siempre con lápiz o una plumita prestada. Muchas ilustres plumas siguen escribiendo ahora en la edad adulta y de vez en cuando es grato leerles cuando facebook les pregunta "¿en qué estás pensando?". 

Para mi, la forma en la que escribimos dice mucho de nosotros, nuestra vida, nuestra cultura, nuestros gustos y nuestros miedos. Más adelante la Terapia Narrativa me permitió ver el impacto que tiene la forma en la que nos percibimos y llamamos a nosotros mismos. Me dió permiso de ver cómo las palabras tienen  efecto en nuestras historias de vida y cómo si cambiamos una frase o dos nuestra historia alternativa puede recuperar fuerza y ayudarnos a intentarlo nuevamente. O quizá incluso hasta ayudarnos a ser más felices. 

Cuando fui diagnosticada con diabetes tipo 1 hace muchos años no había otra forma de nombrar a quien vivía con esa condición. De inmediato pasabas de ser Mariana a "niña diabética". Estoy segura de que eso tuvo un efecto importante en mi vida. Y estoy segura de que acepté el disfraz de diabética orgullosa y con la cabeza en alto pues en casa me enseñaron a ser valiente y a cumplir con las responsabilidades que llevaba esa etiqueta.

Quizá en otra época hubiera sido Mariana, hija de Alfredo, nieta del Dr. Gómez, esposo de Eva María pero en la época en la que yo nací, antes de mi diagnóstico era simplemente Mariana. Sinceramente, no creo que me hubiera molestado nunca que la gente se refiriera a mi como "diabética". Inconscientemente no me gustaba pero aceptaba que era así. No sabía que hubiera otra forma de llamarme. 

Con los años encontré distintos caminos y no fue sino hasta en la edad adulta que llegó a mis manos un documento de filosofía de lenguaje y un manual editorial de una publicación de salud en la que trabajaba. No entendía la razón por la que no debía referirme a los otros como "diabéticos". ¿Qué acaso no lo éramos? ¿Qué acaso querían esconder lo que era evidente? ¿Lo estábamos negando? Me costó una especialidad en Narrativa y mucha reflexión comprender y hoy lo resumo en respeto  y tolerancia.

Basta una persona en el mundo a quien le incomode  un adjetivo para que yo dedique dos palabras o dos minutos a mi discurso y utilice palabras que no incomoden a los otros. No soy nadie para utilizar la palabra que sea si esta incomoda a terceros. Yo puedo llamarme como yo quiera, puedo usar las palabras más agresivas e incluso altisonantes para nombrarme pero no para nombrar a otros. 

Basta con que un niño diga que de pronto dejó de ser J para convertirse en niño diabético para que yo haga un esfuerzo. 

Seguramente muchos de los que leerán pensarán "pero si a mi no me molesta" pero el hecho de que incomode a otros debe ser razón suficiente para invitarnos a invertir en palabras. Cambiemos la forma en la que se habla de diabetes por favor. 

La diabetes a mi si me define. No me molesta ser definida por una condición que me ha hecho crecer como persona y valorar más que el individuo promedio a la vida. Yo no soy diabética. Soy primero Mariana, soy mamá, soy estudiante, soy trabajadora...además de ello vivo con diabetes.

Por favor, cambiemos la forma en la que se habla de diabetes. 



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