Si tu pensabas que era mi diabetes

Mi relación con la comida siempre ha sido algo tormentosa. Claro, aprendí a muy temprana edad que lo que yo creía que era delicioso era tremendamente perjudicial. 

Aprendí cuántas kcal tenían los alimentos cuando iba en la escuela primaria, aprendí a pesarlos y por supuesto aprendí a contar carbohidratos en términos generales y a hacer cálculos matemáticos para calcular dosis de insulina para alcanzar cifras objetivas de glucosa y claro, comerme algo. 

No, no soy de esas personas que podrían vivir comiendo apio noche y día. El apio ni me gusta. 

Aprendí a muy temprana edad que eso que dicen las mamás de "cómete tus verduriiiiitas" aplica con mayor fuerza si ya te inyectaste la poquitita insulina que necesitabas para esas "verduritas". 

Aprendí entonces que las verduritas necesitaban menos insulina que otras cosas y que los pasteles aunque en teoría no están prohibidos son preparados de forma tan diversa por distintos pasteleros que es una tarea prácticamente imposible.

Sí, mi relación con la comida fue siempre muy compleja. En la edad adulta esta relación se tornó aún más compleja cuando, no me juzguen, decidí limitar mi consumo de productos de origen animal. Y, casualmente son estos alimentos los que tienen menos hidratos de carbono junto con las hojas verdes y una que otra verdura. 

A mi, diría facebook, me gustan las relaciones complicadas y qué mejor ejemplo que mi relación con la comida.

Afortunadamente, la salud emocional es también una prioridad en casa y antes de ser juzgada severamente visité a muchos especialistas que gracias al cosmos concluyeron que si bien mi relación con los alimentos era complicada no parecía haber ningún tipo de trastorno. "Menos mal..." pensé y gruñí al mismo tiempo. Sumar otra cosa a la "cosa" (diabetes tipo 1) ¡No gracias!

Luego envejecí y luego me convertí en madre y agradecí todo lo aprendido. Luego mi relación se tornó todavía más compleja con los alimentos pues ahora con visión de madre cuervo observo lo que pasa a nuestro alrededor. 

Cumpleaños escolar: pastel, pizza, dulces. Festejo del día del niño: pastel, pizza, dulces, papas fritas. Premio del concurso de spelling: dulces. Premio del concurso de español: dulces  Festejo en el futbol: dulces y pastel. Fin de semana con los amigos: pizza, refresco.

Y claro de pronto no puedo sino expresar mi opinión: ¿Y si les damos... qué tal también unos pepinos con chile piquín? Y no falta la madre que abre los ojos más grandes de lo que los tendría una madre promedio y me voltea a ver con cara de furia y arremete "¡No se los van a comer!" 

"Claro, tu hijo NO se lo va a comer, el mío sí" pienso. Pero yo no soy nadie para juzgar los métodos de crianza de mis comadres y compañeras de labor titánica. ¿Quién soy yo para juzgar la forma en la que se alimentan los otros?"

Y mientras pienso eso me respondo sola: SOY YO. SÉ DE ALIMENTOS. SÉ DE SALUD. 

Y entonces alguien voltea y me pregunta imprudentemente "Ah claro, es que tu eres diabética, por eso lo prohibes, es que no puedes".

Y entonces pienso en voz baja porque no siempre tiene un final feliz cuando hablo sin control de volumen ni moderador.

No, no es porque vivo con diabetes. Es porque quiero vivir bien, es porque amo a mi familia y amo a mi cuerpo. Es porque la salud es un bien preciado en mi casa. Es porque leo, porque quiero ser una persona. 

¿Y tú? ¿Eres persona? ¿o eres cheeto?

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