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9 ene. 2017

Del arte de "dar el avión", las enseñanzas de mi madre y los consejos bien intencionados.

Seguro has estado en un escenario en el que estás a punto de servirte (o servirle a tu hijo que vive con diabetes) una rebanada de pastel en su cumpleaños cuando alguien (la tía, la abuelita, tu amiga querida) te observa incrédula y con la voz más fuerte dice algo como "pero, ¿puedes servirte de eso?"

Normalmente, si uno ya recibió más de cinco comentarios similares en su vida estarás tremendamente harto y te darán ganas de contestar algo como "a ti que te importa". Lo cierto es que esta es una gran oportunidad de educar a alguien sobre diabetes pero hacerlo cada vez que suceda nos hará gastar mucha saliva y debes saber que no siempre tu mensaje será comprendido.

En más de 30 años con diabetes he escuchado las cosas más simpáticas y otras absurdas. Alguien una vez puso chicles trident en una piñata para que yo no sufriera con los "dulces" y pudiera mascar chicles (debes saber que en ese entonces NO existía otro tipo de dulce y que NO teníamos idea de que se trataba de hacer elecciones sabias y contar carbohidratos). Por supuesto que fue alguien que me quería mucho y con la mejor intención pero, hirió mis sentimientos más de lo que colaboró a que no se me picaran los dientes.

¿Cómo respondemos de una manera elegante a comentarios y sugerencias bien intencionadas de quienes están a nuestro alrededor? Tengo algunas sugerencias, por supuesto que no siempre me sale la ecuación pero estoy convencida de que entre todos podemos colaborar para ser emocionalmente más saludables.

1. ¡Gracias! agradecer el comentario o la sugerencia no significa que haremos lo que nos sugieren. "Gracias, sí puedo, no te preocupes" basta con frecuencia para dejar a alguien tranquilo. Sin embargo hay otras veces donde de inmediato las historias del primo del vecino del amigo salen a relucir y no siempre son alentadoras. En este caso funciona bien "gracias! confío en mi equipo médico".

2. Educar sólo aveces. Para mi, un día se convirtió en práctica común alzar la voz cuando escuchaba algo incierto. Me enojaba, replicaba e intentaba educar en diabetes. Por supuesto, soy educadora en diabetes pero la verdad es que me enojaba más que me alegraba. Hoy aprendo a elegir batallas y a sonreir cuando no tenga nada bueno que aportar ni forma de convencer al otro. 

3. Con calma. Tú y nadie más que tú eres experto en tu propia vida. Por supuesto que tu médico especialista sabe más que tú y por supuesto que hay que reconocer que la voz de nuestra sociedad tiene siempre algo que opinar y que aportar aunque sean temas personales de salud. Obedecer consejos sin evidencia científica nos pone en riesgo. Guardemos la calma, preguntemos a los expertos. Aprendamos a discriminar información.

4. Tu hijo y tú. Todo esto es mucho más complejo cuando hablamos de niños. Algunos recibimos estampitas y cartas con oraciones buscando el milagro de nuestra curación. El interés de los nuestros, de nuestro círculo y de todos no es sino una muestra de amor. Sin embargo estas muestras también llevan consigo falsas esperanzas. Las palabras, cuando no son bien elegidas son armas punzo cortantes. Quiza para nosotros no signifique demasiado pero para quien nos escucha es otra historia. Seamos sensatos, seamos prudentes. Permitamos a los otros ser personajes centrales de su propia vida. Preguntemos "cómo puedo ayudarte" en vez de dar instrucción.

5. Da el avión. De niña mi mamá siempre insistía en que me pusiera un suéter. 
- "Hace frío ponte un suéter"
-  "Pero mamá, no tengo frío lo voy a perder"
- "Que te lo pongas o no sales"

y eso se convertía en algo interminable. Mi hermano, más sabio optaba por decir "tienes razón" y salía con un sueter que se quitaba pisando la calle. 

Aprender a dar el avión puede evitarte disgustos.

Por último, recuerda que no todo mundo tiene la obligación de saber y conocer de diabetes como nosotros. Se paciente, agradece el amor.